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Nostalgias del futuro
08 de diciembre de 2008

Fuente:Alberto Bonadona Cossío

A los economistas les encanta predecir. A quien no cuando cree tener la razón. Lo serio es que la razón es un bien escaso como lo es el sentido común. De pronto los datos, que es un concepto muy distinto a la información, muestran ante sus agudas miradas que el dólar se mantendrá fuerte porque, dense cuenta por favor, ven que la economía norteamericana, no obstante su terrorífica crisis, sigue blindada y su moneda seguirá fortaleciéndose

Lo cierto, y permítanme la arrogancia de lanzar otra predicción, la mía por supuesto es la correcta, dentro de seis meses hasta un año máximo el dólar caerá en el mercado internacional (para el caso de Bolivia eso sólo Dios sabe). Para mi la lógica es tan simple como constatar que el epicentro de la actual gigantesca, profunda, recóndita crisis no es nada menos que la economía, adivinen, de los Estados Unidos de Norteamérica. La nación de los billetes verdes que invadieron el mundo desde los finales de los cuarenta comienzos de los cincuenta del siglo pasado aumentando el consumo de los estadounidenses que sólo han dejado de comprar los últimos meses de este año.

Los cincuenta, esa añorada época del rock and roll y de los sockets para las quinceañeras que se impusieron como los autos Ford. Epoca en que la industria automotriz estadounidense controlaba el 80% de los carros vendidos en todo el mundo. ¡Qué tiempos aquellos para la industria norteamericana del automóvil! Hoy sus patéticos ejecutivos ruegan por la conmiseración del Estado para no quebrar. Si el pulgar imperial estuviese en el FMI, el que dictaminaba los paquetes para América Latina, ese FMI de antes, no el blandengue de hoy, el pulgar apuntaría inmisericordemente a la irredenta muerte de Ford, Chrysler y GM. Luego a recoger las piezas y contar pobres que, extrañamente, en las crisis se reproducen sin mayor esfuerzo, tal y como se hace ya por décadas en América Latina.

La prerrogativa de EE. UU. es que el FMI no le hace recomendaciones y menos le impone exigencias. Este poderoso organismo sólo grita fuera de casa. Lo cierto es que cuenta con tan sólo 250 mil millones para rescatar de mayores desastres a otras economías del mundo. Una bicoca frente a lo que necesita EE. UU., que son montos sólo manejados por los bancos centrales de los países industrializados.

Adivine estimado lector ¿de donde saldrán los cientos de billones de dólares necesarios para los rescates de esas economías? Por supuesto que de sus bancos centrales. Tal como ocurrió en los años 30, durante la Segunda Guerra Mundial y después, EE. UU. imprimirá miles de billones de billetes verdes. En el caso de otros países, incluida la China, del uso de los "blindajes" hechos con sus reservas internacionales. No se vaya a creer que en esos países se trata a la impresión de billetes o a las reservas como a fetiches o a sus bancos centrales como sucursales del Ministerio de Hacienda. Un banco central es un banco de bancos y los depósitos de reservas no son las joyas de las "aguelas". Cuando tengan que usarlas, por supuesto que las usarán.

 

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