Tragedia. La dirigente indígena Otilia Cunay y el marchista Alejandro Cayuba perdieron ayer la vida en el accidente de un vehículo que los llevaba junto a otros de sus compañeros que resultaron heridos
20 de Junio de 2012

Dolor. Uno de los heridos del accidente de ayer. Se atribuye el embarrancamiento de la camioneta en la que viajaba a un reventón de una llanta delantera
Pablo Ortiz. Senda Verde
Ocho heridos están fuera de peligro y tres, graves
Maribel levanta el paño blanco manchado de sangre que cubre el rostro de su madre y rompe en un llanto desesperado, imposible de contener. Grita, gime en su idioma mientras intenta que la vida vuelva al cuerpo de Otilia Cunay, que está acostada sobre una bolsa de nailon en la que minutos antes había guardado su ropa para emprender un viaje.
Dos pasos más allá, un hombre le pide a gritos a Lucera Cunay que no se duerma, aunque ella parece no entenderlo. Al frente, una camioneta blanca aparece con la trompa abollada mientras unos enfermeros colocan una cuellera a Aldo Moreno para inmovilizarlo. A su lado está sentado Yoisi Fabricano Román, al que le han atado un trapo blanco en la cabeza para tratar de frenarle la hemorragia. Entre ellos y el cuerpo de Otilia, dos charcos de sangre quedan como huellas de una tragedia.
Son poco más de las 16:00 en el campamento de la novena marcha en Yolosa, que va hacia La Paz en protesta contra un tramo de la carretera que impulsa el Gobierno y que cruza territorio indígena sin la consulta previa que establece la ley. Raúl Yorimo acaba de llegar de Coroico, adonde fue a comprar víveres. Él está encargado de manejar la camioneta Toyota Hilux de la Subcentral Sécure y, ni bien cruza el puente, le piden que lleve a unos dirigentes tsimanes a Yolosita, porque deben regresar a San Borja para recoger a sus hijos. Yorimo toma una soda y revisa el resultado del partido de la Eurocopa antes de preguntar, "¿Quiénes van?". Trece personas atiborran la camioneta.
A las 16:20, en la entrada a la reserva ecológica Senda Verde, Yorimo pierde el control de la camioneta y se embarranca. Unos dicen que fue por dar paso a otro vehículo que venía en sentido contrario, otros que fue porque se le reventó la llanta delantera izquierda.
Lo cierto es que las huellas que dejó el vehículo cuentan, en 40 metros, que la camioneta dibujó una curva contraria a la del camino. Primero se apegó al cerro hasta casi chocar y luego cambió de trayectoria hasta romper el monte del costado del camino y embarrancarse. Cayó unos cuatro metros sobre el camino de entrada a Senda Verde y hubiese acabado mucho más abajo, en el cauce del río Coroico, si no hubiese chocado contra una vagoneta Nissan Patrol estacionada.
El peso de la vagoneta frenó a la camioneta y provocó que se volcara. El estruendo del choque alertó a los científicos y voluntarios de Senda Verde, que voltearon la camioneta y ayudaron a salir a los heridos. El cuerpo de Otilia estaba boca abajo, ya sin vida, pero había hecho un milagro: venía con su nieto en brazos y evitó que Jonathan, de siete meses, se lesionara.
El primero en reaccionar fue Juan Carlos Flores. El hombre de Oromomo subió hasta la carretera y comenzó a correr hacia el campamento, hacia Yolosa, para alertar a la columna de lo sucedido. De pronto, todo fue desesperación: la gente, al ver llegar a Juan Carlos ensangrentado comenzó a correr hacia Senda Verde, a buscar señal de celular para llamar al hospital y pedir ayuda, a buscar movilidades para ayudar a trasladar a los heridos.
Solo cuando llegó la ayuda, Alonso Nate se permitió llorar a su mujer. Cayó arrodillado al lado de su cuerpo y las fuerzas lo abandonaron. Se tiró de espaldas a su lado y su cuerpo comenzó a enfriarse. "Hay que llevarlo pronto a un hospital, puede tener heridas internas", gritó una mujer. "¿Dónde me quieren llevar? Yo tengo que ir con Otilia, con mi esposa, a mi casa", balbuceaba Alonso, en estado de shock.
Uno a uno, los heridos más graves fueron evacuados hasta el hospital de Coroico. Allí llegó aún con vida Alejandro Cayuba Ciro, un tsimane de 45 años que estaba bañado en sangre y tenía el pecho hundido. Murió pocos minutos después en la sala de urgencia. Se había roto la columna, el tórax y la cadera.
A Otilia la subieron a una camioneta y la trasladaron al campamento. Ahí sus hermanas la lavaron, la cubrieron con una sábana blanca y encendieron seis velas para que ilumine su camino al más allá.
Mañana será trasladada junto a Alejandro a San Borja, donde sus familiares los esperan para sepultarlos. |