Marcelo Arduz Ruiz
A fines del pasado mes, por iniciativa ante todo de grupos ambientalistas procedentes del hemisferio Norte, se promovió a nivel mundial el evento denominado "La Hora Cero", en el cual alrededor de cien millones de habitantes de cerca tres mil ciudades dispersas entre los cinco continentes, apagaron las luces eléctricas por el lapso de una hora (cronometrada de acuerdo con la diferencia horaria entre los países), incluyendo artefactos, computadoras y celulares.
Según se sostuvo, la motivación principal para el emprendimiento de esta campaña internacional estuvo centrada en los intentos para aminorar los efectos emergentes del calentamiento global y el cambio climático, apelando ante los gobiernos y pueblos del mundo a formar una conciencia que permita adoptar acciones contra la polución de gases provenientes del llamado efecto invernadero.
Por esa misma temporada, la televisión y la prensa internacional llamaron la atención sobre las denominadas "Fallas de Valencia", en las cuales todos los años al llegar las 12 en punto de la noche de San José, estallan al unísono infinidad de cohetes y coloridos fuegos artificiales, prendiéndose fuego en las esquinas de cada barrio gigantescas esculturas de madera y cartón –verdaderas obras de arte denominadas "Ninots"- para producir una maravillosa aunque dantesca visión, cual si se tratara de una reedición del incendio de Roma.
En el viejo continente, este espectáculo sin par en el mundo ha sido declarado de "Interés Turístico Internacional" (aunque en este caso nada tenga que ver con la llamada "industria sin chimeneas"), ante todo por los ingentes recursos económicos que mueve en todos los órdenes, siendo por esto mismo los festejos preparados desde el día siguiente a la quema, con el más ferviente entusiasmo tanto por autoridades como población en general a lo largo de todo el año. Esto aunque las innumerables hogueras y la quema de toneladas de pólvora en fuegos artificiales, ocasiona en sus habitantes problemas respiratorios e irritaciones en los ojos por causa de la densa humareda que cual hongo nuclear se cierne sobre la ciudad por algunos días.
En contrapartida a lo que acontece por esas latitudes, en la festividad equivalente en esta parte del continente, a los transeúntes y estantes de las principales ciudades del país les está prohibido encender fogatas en la noche más fría del año -es decir la fiesta de San Juan-, aunque sólo fuera a título de reunirse con la familia y vecindario en torno al fuego, para compartir algunos bocaditos y bebidas calientes propias de la estación, como era arraigada tradición entre nuestros mayores.
Al tocar el tema, no es nuestro propósito relativizar en lo más mínimo las campañas de preservación del medio ambiente y los esfuerzos que se emprenda para combatir la polución causante por el calentamiento global; desempolvando anticipadamente las polémicas que se acostumbra a desatar algunas capitales del país sobre el tema: si es conveniente autorizar o no el encendido de fogatas durante la larga noche de San Juan…
De todas maneras, el contraste de ambas situaciones entre los pobladores del hemisferio Norte no parece tener mayor inconveniente, cuando se entiende que durante el crudo invierno europeo encender leños en la intimidad hogareña, únicamente depende de la voluntad y liberalidad de cada familia, pues por tradición todas las noches en la mayoría de las casas se enciende la chimenea (algunas provistas de dos o tres) con leña en muchos casos proveniente de la explotación irracional de bosques y selvas tropicales.
Además, hablar del asunto resulta una trivialidad si se compara con lo que ocurre con las innumerables y colosales chimeneas de los grandes complejos industriales, que no dejan de contaminar el ambiente todos los santos días, sin respetar domingos ni feriados. Y ni qué decir, de los imparables y ruidosos motores de las legiones y legiones de vehículos que de manera incesante arrojan sus venenosos gases a los aires que respiramos durante las 24 horas del día, produciendo los peores daños al sistema ecológico por la quema de combustibles fósiles. Acaso no hubiera sido mucho más benéfico que en la aciaga "Hora del Planeta", las chimeneas del mundo desarrollado pararan al menos por 60 minutos en todo el año.
Hace poquísimos días, en el mundo entero se ha conmemorado el "Día de la Tierra", declarado por la ONU desde hace cerca de 40 años. Una vez más, la fecha ha transcurrido sin pena ni gloria, con la cantaleta de siempre, que solamente procura encubrir la hipocresía de preservar el medio ambiente y bienestar de los países más ricos y desarrollados, mientras bajo la línea del Ecuador sigue campeando el hambre, la miseria, las pestes, el desempleo y las situaciones de violencia que ello conlleva, en lugar de buscar soluciones integrales para afianzar la responsabilidad compartida sobre la salud del ya convaleciente planeta, seamos habitantes del hemisferio Norte o Sur.
Pero sucede que los llamados "humanos", "humanistas", "humanitarios", etc., se creen superiores en toda la escala zoológica y habitantes del único planeta con vida del universo, para olvidan que todos los días son del suelo que pisan, impropiamente llamado tierra cuando más del 70 por ciento de su superficie está cubierta por líquido elemento, por lo que también se lo denomina "Planeta Azul", aunque en los venideros años por su acción depredadora hasta el agua potable podría escasear en el duro batallar por la sobrevivencia.
Como se ve, las horas del planeta están contadas y van transcurriendo insensiblemente como a través de un reloj de arena. A tono con el epígrafe del presente artículo, tal vez es preferible pensar que todavía nos queda un cuarto de hora para reflexionar una vez más, antes que la misma tierra adopte mecanismos para expulsar a los engreídos seres cual si se trataran de corpúsculos extraños, como antaño ha sucedido con los dinosaurios o anteriores civilizaciones como pudo haber sido la desaparecida Atlántida.
En relación con aquellas colectividades humanas extinguidas, Jean Baudrillard en su obra "El crimen perfecto", considera que la civilización actual destinada a desaparecer sin dejar rastros, se halla en desventaja al venir arrastrando conocimientos heredados de culturas pasadas, para utilizar tecnologías que deterioran su entorno en lugar de brindar soluciones a los excesos que a través del cambio climático la conducen hacia el asesinato del planeta.
Por algo el biólogo, ecologista y destacado militante defensor del medio ambiente, Carlos Capriles Farfán, con furia casi contenida se atrevió a exclamar que "la tierra no está caliente… ¡está empu...!" (colérica, fastidiada en extremo). Y disculpas a los amables lectores, por citar la expresión popular aceptada únicamente en nuestro medio…
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